El féretro era de color café; bien lo recuerdo. Adentro yacía el cuerpo de mi padre, fallecido horas antes en la clínica del ISSSTE de la ciudad de Tepic.
Una agencia funeraria se hizo cargo del traslado transportándolo a Ahuacatlán. Faltaba unos minutos para las tres de la tarde cuando introdujeron el ataúd a casa de mi cuñado Ramón Ramos; calle Miñón 293, barrio del Chiquilichi.
El arreglo del altar también corrió a cargo de la misma agencia. La caja fue colocada en la sala, lado izquierdo de la puerta de acceso. Ahí lo velamos. Septiembre de 1994. “Mal, ¡Muy mal!”, fueron las últimas palabras que le pude escuchar por última vez.
La noche anterior lo estuve cuidando en un cuarto de terapia intensiva. En realidad su estado de salud era crítico. Lo tomé de la mano solamente para preguntarle “cómo se sentía”. Su respuesta la menciono en el párrafo de arriba. ¡No me atreví a decirle cuánto lo quería!, ¡No me atreví!; y cuando lo ví que yacía en el féretro quise darme de topes, ¿Por qué no se lo dije?, ¿Por qué?, ¿¿¿¿¿¡¡¡por quéeeeeeeeeeeeeeeee!!!?????????
Demasiado tarde. Sabía que su final estaba cerca. Mi padre tenía 84 años cuando falleció, ¡Pero nunca le dije cuánto lo quería! Hoy que recuerdo aquella escena brotan mis lágrimas. Lloro, sí, lloro de tristeza. Se forma un nudo en mi garganta y mi nariz se congestiona.
Hace alrededor de una semana se registró el cumpleaños de mi madre Geña. Tendría ahora 88 años, pero hace poco menos de un año que partió hacia ese otro mundo. Murió en diciembre del año pasado. Su féretro era similar al de mi padre; café color madera.
La mayoría de mis hermanos fueron a su tumba en su onomástico. Yo no pude ir, pero en la soledad de mi casa, en este rinconcito elevé mis plegarias a la autora de mis días, ¡Cuánto extraño su mirada!, ¡Cuánto me gustaría tenerla aquí conmigo y cantar juntos “Rosita Álvirez”.
Se me entrecorta la voz al recordarla. Tiemblan mis manos. ¡Nunca le dije cuánto la quería!, ¿Por quéeeeeeeeeeeeeeeeeee????… Reposo un momento. (Pausa).
Continúo: Han pasado ya 20 años del fallecimiento de mi padre y menos de un año de la muerte de mi madre; pero en mi mente y en mi corazón sigo guardando todo lo que de ellos aprendí. Episodios tristes, como la separación de ambos. O momentos alegres, como cuando nos arrimábamos a las brazas a tomar café y a comer frijoles de la olla.
Ahora veo a mi padre pedaleándole a su máquina Singer. Aquella libretita donde anotaba medidas de los pantalones y sucesos relevantes. Letra script, ¡Preciosa!, ¡Hasta con adornos! Su pelo blanco, escaso y peinado hacia atrás. Limpia su camisa; elegante aspecto el de mi padre. Siempre le gustaron los colores claros.
¿Oh?, y aquella vez que se extravió. Triste episodio también. Mi padre regresaba de Guadalajara y a Ahuacatlán llegó de noche. Se bajó en el crucero de la carretera Internacional. Debió haber tenido entonces algunos 80 años, y en lugar de encaminarse hacia la casa se enfiló hacia el lado contrario. Se “Norteó”, como decimos en el lenguaje coloquial.
Durmió bajo el guardaganado que se ubica cerca de la huerta de los hermanos Romero, bajo las vías del tren. Unos maleantes lo interceptaron, lo despojaron del poco dinero que traía ¡Y lo golpearon!, ¡Golpearon a mi viejito! ¡Cuánto me asusté cuando lo vi!; con hematomas por todo el rostro, sangre en la cabeza…
Miro a mi madre sentada en su silla mientras contempla su jardín de flores, divisando hacia el frente y saludando a los vecinos. Guisando los frijoles refritos y preparando la pepena, el arroz con leche.
Los restos de mi padre y de mi madres yacen en el panteón municipal de Ahuacatlán.. Y hoy, a 20 años de su partida lloro su ausencia. Lloro también al rememorar también la imagen de mi madre; pero también me reprocho a mi mismo y me reprocharé siempre el hecho de no haberles dicho nunca que los quería. ¿Por qué nunca se lo dije?, ¿Por qué?, ¿¿¿¡¡¡Por quéeeee!!!???
























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