“¡Ya casi se moría!”, dijo Feliciana, refiriéndose a su hija Florina – una joven mujer de origen Cora que había ingresado seis días antes a la clínica uno del Seguro Social con un cuadro clínico bastante complicado, producto de un parto que metió en aprietos a los doctores –.
Para entonces la etapa crítica ya había pasado. Florina permanecía en cuidados intensivos del primer piso. Visiblemente cansada, desvelada y todavía preocupada por la suerte de su hija, Feliciana Gutiérrez aprovechó unos momentos para descansar y desayunar. Con avidez se engulló un bolillo que extrajo de su morral. Un hombre le regaló una botella de agua y así pudo aminorar su hambre.
Feliciana de 39 años, y su hija Florina, de tan solo 17, habían llegado a Tepic la primera vez una semana antes procedentes de una comunidad cercana al poblado de Santa Teresa, municipio de El Nayar.
Florina dio a luz a una hembra, muy sana por cierto. Pronto pudieron regresar a su lugar de origen, pero a las 48 horas, esta mujer de origen Cora empezó a sentirse mal. Un dolor y su evidente languidez orillaron a su mamá a acudir de inmediato con el médico de cabecera, el cual a su vez y después de valorar la situación ordenó su traslado a la capital nayarita.
De esta manera, Feliciana y Florina regresaron a Tepic. Llegaron el jueves. La atención que le brindó el médico familiar durante el trayecto de Santa Teresita a la capital, fue muy valiosa. Florina casi se moría en el camino, pero afortunadamente llegaron a tiempo a la clínica uno del seguro social. Pronto fue atendida. Su corazón latía muy débil y respiraba con mucha dificultad. Tuvieron que ponerle oxígeno. También fue intubada. Aún así permaneció tres días inconsciente.
Tímida como casi todos los de su raza, Feliciana Gutiérrez, cuenta que es madre de siete hijos; cinco varones y dos hembras. José Carrillo, su esposo, no pudo acompañarlos, se quedó en ·el rancho” cuidando a la familia. El marido de Florina tampoco pudo venir, esto es por falta de dinero.
Feliciana y José eran muy jóvenes cuando se casaron. Él tendría 19 años. Ella apenas había cumplido 16; y es precisamente Florina la mayor de sus hijos. Todos hablan Cora, pero también español.
Feliciana presume su atuendo, falda y blusa bordada, colores chillantes y dice que puede aguantar hasta una semana sin probar alimentos. Tampoco le asusta caminar grandes distancias, “estamos acostumbrados”, señala con timidez.
Una dama le ofrece una manzana. Feliciana la toma y dice “gracias” mientras agacha la cabeza. Se voltea ligeramente con la intención de dar la espalda al reportero. Muerde la fruta con avidez. Dejamos de interrogarla, pero a los pocos minutos reanudamos la conversación.
Nos cuenta parte de sus tradiciones y costumbres, de sus fiestas y celebraciones, de lo que suelen comer, de sus pasatiempos. “A mi esposo le gusta el tequila. Se emborracha pero no es malo. Dice que me quiere mucho”, señala esbozando una sonrisa.
Para Feliciana, dormir en la clínica no representa mayores problemas. Puede acostarse en cualquier rincón, en el duro piso, en el zacate o en una silla. Tiene la esperanza de que pronto den de alta a su hija, pero el estado de salud de Florina sigue siendo delicado. Concluimos la conversación. Regresamos tres días después y volvimos a mirar a Feliciana…. Su hija seguía enferma.
























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