La conversación giró en torno a las carencias de tiempos pasados. Rememoramos el café de olla, el carbón y el petróleo, los sobrantes de los plátanos pera, la leche bronca, y en fin.
Reposando en mi lecho me puse a reflexionar y a comparar la vida de antaño con la actualidad. Había muchas carencias, sí, ¡Pero creo que éramos más felices en ese entonces!, y me refiero específicamente a la década de los 60´s.
Los autos no tenían cinturones de seguridad, apoya cabezas ni bolsas de aire. Nos trepábamos a las defensas de las camionetas y a veces nos dábamos unos santos zapotazos, pero, ¡Y qué!
Miraba divertido el carretón de Neo y la carcachita de Chepote desplazarse a dos kilómetros por hora por las pedregosas calles. No había trabas de seguridad en las puertas de los autos, ni llaves en los armarios donde se guardaban los medicamentos, detergentes o insecticidas domésticos.
Tomábamos agua de la manguera o del hidrante de la esquina, de una fuente y no agua mineral en botellas “esterilizadas”.
Las camas estaban llenas de chinches y en nuestras cabezas merodeaban los piojos y nuestros padres se entretenían “espulgándonos” afuerita de la casa, sentados en la silla de palma.
Los que de suerte tenían bicicleta enfrenaban con sus huaraches de llanta y podían dejar sus velocípedos en cualquier lugar y no pasaba nada.
Después de algunos accidentes, todos los problemas estaban resueltos. Brazos enyesados, dientes partidos, cabezas peladas, cejas rotas ¿Alguien se quejaba de eso?
Comíamos caramelos, pirulines, pepitas y cacahuates a voluntad, pan con manteca, bebidas con la (peligrosa) azúcar. No se hablaba de obesidad.
Jugábamos siempre en la calle y éramos súper activos. Podíamos “chirotear” en el canal, bañarnos entre el agua turbia y cafesoza, cortar guayabas silvestres, tunas y agualamas con una sola condición: Volver a casa antes del anochecer.
No había celulares, ni iPads, ni iPhones, o tabletas ¡Y nuestros padres no sabían dónde estábamos! ¡Era increíble!
Teníamos clases mañana y tarde, de nueve a doce y de tres a cinco para luego jugar a la mocha y a los encantados, al trompo y al balero, a las “pichas” y a las barbitas de conejo.
Nada de alimento balanceado para perros. Comían las sobras de nuestra cena ¡Y sin problema alguno! Calentábamos el agua con el sol y no había champú, solo jabón Palmolive o Colgate.
¡Allá afuera! ¡En ese mundo inseguro! ¿Cómo era posible? Jugábamos fútbol en la calle y las porterías eran dos piedras. Nadie quedaba frustrado y no era el ¡“fin del mundo”!
Nuestras fiestas eran animadas con tocadiscos deslizando sus púas sobre los discos de vinilo, había luz negra y una refrescante “Superior”, fanta o pepsi cola.
A pie o en bicicleta, íbamos a la casa de nuestros amigos, aunque viviesen lejos de nuestra casa, entrábamos sin golpear la puerta e íbamos a jugar.
Nada de Playstations, Nintendo 64, juegos de video, internet por satélite, video cassetes y DVD, dolby surround, celular con cámara, MP3, computadora, laptop, chats en internet, Netflix. Sólo amigos.
En la escuela teníamos buenos y malos estudiantes. Unos pasaban y otros eran reprobados. Nadie iba por eso a un psicólogo o un psicoterapeuta. No había la moda de los superdotados, ni se hablaba de dislexia, problemas de concentración, hiperactividad. Quien no pasaba, simplemente repetía de año y trataba de nuevo ¡el año siguiente!
Teníamos: Libertad, fracasos, éxitos y deberes. ¡Aprendíamos a lidiar con cada uno de ellos!
La pregunta es: ¿Cómo la gente consiguió sobrevivir? Y no solo eso, ¿cómo conseguimos desarrollar nuestra personalidad? Sin duda van a decir, “¡Qué aburrido!”, pero ¡Qué felices éramos!
El tema da mucho de sí y, evidentemente no se puede parar el progreso. Tampoco nos sirve recriminar y sentirnos melancólicos. Sin embargo, si añoramos aquellos tiempos y vemos que hemos perdidos unos valores buenos para los niños y los abuelos de hoy, podemos preguntarnos cómo podemos reintegrarlos en nuestra vida diaria y qué podemos hacer algo respecto.
Creo que volver a simplificar algunas de las diversiones nuestras y de nuestros nietos para que podamos pasarlo bien juntos, puede ser una de las tareas de los abuelos, de acuerdo con nuestros hijos y nuestros nietos. Pequeñas cosas, pero que pueden ser importantes para solucionar varios de los problemas de la convivencia familiar y social de hoy.
























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