Entre la brecha empinada, arbustos y árboles frondosos, arribamos a las templadas aguas del balneario de Uzeta. La Caravan, aunque viejita, soportó estoicamente el viaje. Por poco y se vuela una puerta, pues no es muy común “correrla” a 25 kilómetros por hora.
Dadas las premuras del tiempo no pudimos abastecernos de alimentos. Ni siquiera una triste naranja o mandarina. Todo fue improviso. Simplemente tomamos ropa y toalla y nos encaminamos hacia este balneario al que suelen concurrir los plebeyos.
Uzeta: Hermoso sitio para la recreación familiar. Ahí se puede despejar fácilmente el estrés, las tensiones. Se olvida uno la rutina para adentrarse en el maravilloso mundo de la naturaleza.
En realidad no necesitamos de la playa para solazarse. Pero en fin; llegamos a ese punto y buscamos el rincón más apropiado para instalarnos. Bajo un pequeño árbol de mango.
Observar a los demás paseantes bañarse en los chapoteaderos me provocó unos deseos enormes de “remojarme”, y ahí nomás en “lo bajito”, porque las partes hondas son de muchos riesgos para mi, ¡Con eso de que no sé nadar!, pues….
Total, me despojé del pantalón para quedar en short y camiseta y, con cuidado fui caminando por entre las piedras y el pasto para luego poner el pie izquierdo en la alberca. El agua apenas si me llegaba a los tobillos. Luego puse el otro pie, me sostuve del muro de concreto y empecé a caminar por entre el agua…
… El agua sobrepasaba mis rodillas cuando decidí detenerme. Tenía miedo ahogarme, pues sentía que me llegaba hasta el cuello. Ahí me quedé un buen rato.
Con las manos aventaba el agua hacia atrás, imaginando que nadaba en el Golfo de México; y ya después opté por sentarme en el bordo, a un lado de donde se apreciaba la corriente. Desde ese punto divisé a mi nieta Ilsy Jacqueline quien gozaba de lo lindo trepada en su salvavidas, apoyada por Juan, su papá.
Caía la tarde cuando escuché el gorgorear de mis “tripas”. ¡Ni qué comer! Por eso, desesperado salí del balneario y dirigí mis pasos a la calle. Encontré una tienda donde expenden frutas y diversas burundangas; pero ahí mismo me recomendaron “una carreta” donde venden mariscos. “Aquí está a la vueltita”, me dijo un hombre chaparrón que, por lo que deduje, andaba un poco pasado de copas.
Pedí dos tostadas de ceviche, pero antes de empezar a deglutirlas le vacié casi una botella de picante, pensando que eso le daría más sabor. ¡Ufff!, ¡Hubieran visto!; en realidad me dieron ganas de aventar las tostadas al mesero o restregárselas al cocinero. Salí de ahí aventando sapos y culebras.
Después regresé al balneario y, desde la sombra de un guayabo avisté a muchos amigos, de Ahuacatlán, de Ixtlán, de Jala, Uzeta, Tetitlán, Marquesado, Heriberto Jara… Casi cuatro horas de relax… aunque las tensiones regresaron el domingo con la carga laboral y el deber familiar; más aún con las enfermedades que nos acosan.
























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