Ilsy, mi nieta, hace de mí lo que quiere. Juega, ríe, llora, brinca, pide, niega, apaga y prende la tele a la hora que quiere y le cambia al canal que solo ella elige. Toma mi tablet, la prende, la apaga, le mueve, inventa y quién sabe qué tantas diabluras hace al día; ¿y yo?, ¡Feliz!
Y no es por echármela de lado, pero ah que lindura de chiquilla, ¡Y además muy inteligente! A veces emite palabras realmente sorprendentes, propias de los adultos. Si quiere habla, y si no ¡pues no y ya! Pero haga lo que haga ¡Cuánto la quiero! Me doblega con cualquier cosa, un gesto, una palabra, una sonrisa… en fin.
Viene a colación lo anterior en virtud de la pregunta que justo el pasado sábado me hicieron, mientras observábamos la peregrinación de Ahuacatlán. “¿Que son los nietos? ¿Unos hijos más?” – me inquirió mi paisano Toño – Yo le respondí al instante: ¡NO!; los nietos son unos hijos duplicados.
Hay en ellos una prolongación que es precisamente eso, una duplicidad en la función creadora y en la extensión de la especie.
En los nietos se alarga la vida hacia unos límites de amor que no se soñaron. Los hijos fueron el testimonio. Los nietos la confirmación. Por eso se quieren tanto. Por eso son el juguete espiritual de la edad mayor.
Un nieto es un anhelo convertido en realidad: A él le damos los besos que tal vez no le dimos a los hijos. Y ellos nos dan los besos que quizá ya nadie nos da.
Allí se reedita la juventud y el corazón palpita vigorosamente como si fuera un corazón adolescente.
Con un nieto en los brazos tenemos al hijo. Tenemos la juventud que se nos quiso escapar un día. Tenemos el amor verdadero que nada pide y todo nos da.
Es verdaderamente maravilloso vivir esos retozos de los nietos, sus infantilerías que nos llevan a otros mundos y todo ese concierto de sus risas sonoras.
Con los nietos se revive la historia del amor y el alma vuelve a florecer. El hogar ya viejo, se torna joven y se renuevan las esperanzas.
Los nietos son la fortuna de los años de la sensatez. ¿Qué se quiere más a los nietos que a los hijos? Así parece, ¡PERO NO!
¡Lo que pasa es que en los nietos se vuelve a amar a los hijos, y se ama más a DIOS!
























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