Se acerca la madrugada. Los devotos de Ahuacatlán se alistan para asistir a misa de alba. Tin tan, tin tan, tin tan, tin tan. Se escuchan las campanadas. Parece aún de noche. No falta el desvelado que es sorprendido encaminando sus pasos hacia algún lugar.
Lunes 29 de septiembre. Es el cuarto día del novenario. Toca el turno al barrio de El Salto rendir ofrenda a San Francisco de Asís.
“El Pitero” es puntual; pero se extraña a don Alejandro Ramos. La edad le resta fuerzas, pero su familia sigue la tradición. Tambor y Chirimía.
Los feligreses se congregan en las confluencias de las calles Morelos e Ismael Zúñiga. Los cohetes surcan los espacios llamando al alba. “¡Apúrate Pancho!, se me hace que ya van en camino”, se escucha balbucear a una mujer al salir a la esquina de las calles Colón y Victoria.
Las campanas suenan otra vez con alegre rumor. La esquila tiene cadencia, armonía. El vecino que se aventura a salir de casa dirigiéndose al templo encuentra pocas personas que se hayan diseminadas en las aceras.
El comité del barrio de El Salto ha contratado una banda. Los minuetos de la chirimía se escuchan a varias cuadras a la redonda.
Inicia la procesión rumbo al templo de San Francisco de Asís. Chirimía y coheteros por delante. El reloj marca las cuatro de la madrugada menos 15 minutos.
El altar guarda con sus cirios prendidos. Toca la banda. La grey católica arriba al templo. Cada quien busca su lugar. Antes se persignan. Cesa la música.
Son las cinco de la madrugada. Vestido con sotana en morado y blanco, aparece el sacerdote en el presbiterio. Inicia la misa de alba. Los acólitos le ayudan. Así transcurre la misa con todos sus misterios.
Afuera, sentados en un cajete, Los dos integrantes de la Chirimía no paran de tocar. Los corazones se alegran, el espíritu se alimenta.
Ramón va a media faena. Reniega por tanta basura que encuentra en la calles y por encima de los prados. Su tarea es eliminar la inmundicia; “¡Pero el día cuatro no trabajo!”, reniega. Chaguito – el de los lonches – intenta tranquilizarlo.
Taxistas y locatarios del mercado empiezan sus labores. No falta el can que husmea en las esquinas, en los botes de basura. Se escucha el accionar de máquinas en la Tortillería Jaime.
La misa de alba transcurre con todos sus misterios. Son las seis de la mañana y apenas empieza a despuntar el día. El fabricante de churros jala su carreta. La vendedora de jugos recién abre su changarro. Los feligreses regresan a sus casas, pero el templo de San Francisco de Asís, en Ahuacatlán no cierra sus puertas. El clima es fresco, agradable… como agradable es también su gente.

























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