DON ALBINO COSÍO
Sentado en su vetusta silla de palma, solazándose un poco y leyendo animadamente aquellas revistas de la URSS, don Albino Cosío Arroyo vio transcurrir los últimos años de su vida.
Atento y cortés como lo fue siempre, don Albino saludaba desde ese rinconcito a sus vecinos y peatones: “¿Qué dice don Simón, cómo le va?”; “Buenos días doña Lupita, ¿Cómo siguen don Eusebio?”.
Espigado de estatura, tez blanca y de complexión regular el primogénito de Cayetano Cosío y de Anastacia Arroyo, era un buen conversador. Podía abordar temas diversos, pero prefería aquellos relacionados con el campo y con el aún vigente sistema comunista.
Y efectivamente don Albino fue un contumaz partidario de este régimen. Sentía una profunda admiración por Rusia. Por eso se convirtió en suscriptor de la revista de la URSS; leía hoja por hoja cada artículo plasmado en la misma y no desperdiciaba la oportunidad de transmitir sus ideales tanto a los jóvenes como a los adultos, a quienes arengaba para que se sumaran a la lucha en defensa del comunismo.
Don Albino Cosió nació justo en el año en que estalló la Revolución, es decir en 1910. Desde pequeño se formó en la cultura del trabajo, pero inclinado hacia el campo; y conforme fue creciendo notó las desigualdades sociales; el yugo de los ricos y la opresión de los pobres.
Sentía aversión por los caciques, por los hacendados y terratenientes. Por eso, desde los 20 años, junto con otros campesinos tomó la determinación de luchar para que se les dotara de un pedazo de tierra.
Ese esfuerzo se vio coronado en 1938 cuando se decretó la fundación del ejido de Ahuacatlán, pero esto desde luego tuvo un gran costo. Algunos de sus compañeros fueron asesinados, y él sufrió hambres, desvelos y represiones frecuentes.
No fueron pocas las veces en que se le comisionó para que viajara hasta la capital de la república y así solicitar al entonces presidente de la república, Lázaro Cárdenas, se les autorizara la conformación de este núcleo ejidal, del que incluso fue el primer presidente.
Hombre apuesto, ojiverde y dueño de una personalidad arrolladora, don Albino Cosío fue uno de los primeros braceros que viajó a los Estados Unidos para emplearse en las faenas del campo, pero nunca descuidó el cultivo de sus tierras.
De esta manera logró acumular un pequeño capital y con esos ahorros pudo ayudar a sus padres así como a su único hermano, Diego, a quien financió para que estableciera una panadería. También pudo adquirir dos o tres casas que luego vendió cuando se vio en aprietos
Las mujeres lo asediaban, pues además de todo era una persona extremadamente noble. Se deprendía de un taco para darle de comer al desvalido. Compraba piezas de pan para alimentar a su familia, pero muchas veces llegó a su hogar con tan solo el papel de envolver, pues en su trayecto repartía las novias y las chilindrinas, las conchitas y los polvorones, los bolillos y los hojaldrados a la gente que encontraba a su paso; incluso a los perros.
Pese a su “pegue” con las mujeres, don Albino decidió casarse ya casi al cumplir las cuatro décadas de vida eligiendo como esposa a la joven Martina Tapia (+), con quien procreó a siete hijos: Pedro, Francisco (+). Albino, Guillermina, Anastacia, Esther (+) y Martha, todos de apellidos Cosío Tapia.
Su fallecimiento ocurrió en noviembre de 1981, a los 71 años de edad. Un problema cardiovascular puso fin a su existencia, pero su ejemplo ha sido inspiración de sus hijos, nietos y biznietos, mientras que en la historia de Ahuacatlán queda plasmado también su nombre al figurar como uno de los principales fundadores del ejido y como el primer presidente de este núcleo.
























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