Yaki y Juanito, mis nietos, llegaron muy de mañana; pero en cuanto nos vieron corrieron a abrazarnos.
Yaki cumplirá en marzo próximo cinco años. Juanito frisa apenas en los ocho meses y no es nada huraño. Con todos se sonríe y ya empieza a hacer borucas. También aprendió a dar “topes”. Con solo mirarlo a los ojos y decirle “tope borrego” inclina su cabeza.
Yaki se divierte de otra manera. Tiene muchos juguetes, pero he notado que goza con aquellos que emiten algún sonido musical.
La familia se entretiene viendo sus vagancias. La otra vez me puse a observarlos y llegó un momento en que me puse a reflexionar en uno de sus “instrumentos” que simulan una cajita musical. Me puse a pensar:
Las personas se asemejan siempre a las Cajitas de Música. ¿Saben por qué? Porque algunas tienen muchos adornos, pero por dentro están vacías.
Otras no tienen adornos, pero por dentro tienen todo un jardín o están llenas de gemas brillantes.
Otras, cuando las abrimos, nos muestran su interior lleno de recovecos y muchas veces nos perdemos entre sus laberintos.
Luego, están aquellas cajitas que son transparentes, que las vemos con sólo darles una mirada y sabemos cómo van a actuar siempre.
Y siempre se me ha ocurrido que las personas son cajas musicales, que sólo las conocemos y amamos luego de oír la música de su interior.
Porque esa música tiene algo de magia, algo muy hermoso lleno de vida, algo de muy dentro de su alma.
Y es lo que me ha pasado, he sentido la música de sus almas y precisamente por ello, quise escribir estas líneas y que perciban la música de mi alma en esta cajita que les regalo hoy para los que están y para los que por un algún u otro motivo no están y para los que espero que vuelvan.
Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte de vivir juntos, como hermanos.
























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