Campesinos celebran un temporal generoso y una cosecha que promete ser de las mejores en años.
AHUACATLÁN.
La milpa, cumplido ya su ciclo de cultivo, empieza a secarse, sí, pero luce hermosa. Las hojas anchas empiezan a teñirse de oro viejo y el viento las hace crujir como si contaran secretos del campo.
Entre ellas asoman las mazorcas gordas, bien llegadas, con granos apretados que cubren el olote de punta a punta.
Es un espectáculo. Un cuadro de abundancia que llena de orgullo a los campesinos de Ahuacatlán. Porque este año, dicen, el temporal fue generoso. Más que bueno: excelente. Quizás el mejor de la última década.

Las lluvias llegaron a tiempo, ni mucha, ni poca. Justo la necesaria para que la tierra respirara y diera lo mejor de sí. El resultado está a la vista: mazorcas grandes, doradas, llenas de vida.
Aunque hubo parcelas ociosas, las que se sembraron prometen una producción abundante.
Se calcula un rendimiento mínimo de dos toneladas por hectárea, y algunos estiman que podría llegar hasta tres. Un logro que no se veía desde hace años.
Ahora, el deseo es uno solo: que el maíz sea bien pagado. Porque el esfuerzo del campesino vale tanto como el grano que recoge. Cada surco tiene su historia, cada milpa su oración.
Por eso, al caer la tarde, los hombres del campo miran el horizonte y dan gracias a Dios, a San Francisco de Asís y a San Isidro Labrador, protectores del temporal y de la esperanza.
Ahuacatlán respira satisfacción. Las milpas lo confirman: este año, el campo volvió a sonreír.






















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