El exbasquetbolista cumple nuevos sueños desde la presidencia municipal de Compostela.
COMPOSTELA.
El sol apenas asoma detrás de los cerros cuando Gustavo Ayón ya está en pie. A veces con la mirada puesta en el cielo, otras en los potreros donde campean sus animales.
Es ahí, en ese aire limpio y tranquilo, donde el exbasquetbolista encuentra el equilibrio entre la vida pública y la vida sencilla del campo.
El hombre que llevó el nombre de México por el mundo —desde la NBA hasta la Selección Nacional— hoy recorre caminos distintos, pero no menos desafiantes.
Ser presidente municipal de Compostela es, dice él, una nueva forma de competir. No en la duela, sino en el terreno de la gestión, donde cada día hay que anotar puntos a favor de su gente.

Ayón no se despega de su esencia. En cada decisión, en cada visita a las comunidades, lo mueve el mismo impulso que lo llevó a triunfar en el deporte: la disciplina, el esfuerzo y la constancia. “No es un reto fácil —reconoce—, pero cuando haces las cosas con corazón, todo se puede lograr.”
El otro lado de su historia se escribe lejos de los reflectores. En el campo, entre vacas, caballos y parcelas, donde se siente más él que en cualquier otro sitio.
Allí, rodeado de naturaleza y silencio, recuerda de dónde viene y por qué ama tanto lo que hace. La tierra le da paz. Le da identidad.
Su pasión por los toros de reparo lo llevó a fundar su propia percha: “Titanes”, nombre que rinde homenaje a su apodo y a esa fuerza que lo ha acompañado desde siempre.
No se trata solo de criar animales, sino de mantener vivo un legado rural que forma parte de la cultura y el alma de su municipio.
En Compostela, los vecinos lo ven igual en el despacho que en las calles. Lo mismo dialoga con productores que conversa con jóvenes deportistas.
Con su porte alto y su hablar pausado, Gustavo Ayón se ha ganado el respeto y el cariño de su gente. Saben que, más allá de su fama, sigue siendo el mismo muchacho que un día salió de Zapotán con una pelota en las manos y un sueño en la cabeza.
Así transcurre su vida: entre el despacho y los establos, las reuniones y los amaneceres rurales. Entre el deber y el disfrute.
Gustavo Ayón parece haber encontrado su punto medio entre la grandeza del deporte y la sencillez del campo; entre la política y el corazón de su tierra.
Porque, al final, servir y sembrar —ya sea en una cancha, en una oficina o en un potrero— son solo distintas formas de hacer lo mismo: dejar huella.
























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