Dos viajeras por el mundo.
AHUACATLÁN.
El sol pegaba con fuerza cuando las avisté por primera vez. Dos siluetas distintas en medio del bullicio tranquilo de la plaza «Prisciliano Sánchez», observando con curiosidad la esencia de Ahuacatlán.
Claudia Janeth Romero Bueno y Mildret Cañongo Tapia, dos viajeras incansables, cuyos pasos han hollado tierras lejanas, llegaron a este rincón de Nayarit con el mismo ímpetu que las ha llevado a recorrer el mundo.
«¿Por qué Ahuacatlán es Pueblo Mágico?», preguntó Claudia, con un destello inquisitivo en los ojos. La pregunta flotó en el aire como un reto, no a mi conocimiento, sino a la esencia misma de este lugar.
Intenté explicarle con los lineamientos oficiales, con los méritos históricos y arquitectónicos que justificaban el título. Pero al mirarla, supe que no era suficiente. La magia de un pueblo no se mide en decretos; se percibe en los latidos de sus calles, en el eco de sus historias, en la calidez de su gente.
Acompañado por estas dos trotamundos de espíritu indomable, me convertí, una vez más, en guía de mi propia tierra. Caminamos entre las memorias vivas de Ahuacatlán: la casa natal de Prisciliano Sánchez, los templos que han resistido el tiempo, el místico Portal Quemado, y la Plaza de Toros «El Recuerdo», donde las voces de antiguos espectadores aún parecían susurrar entre los muros.
Pero no era solo la historia lo que compartíamos; era el palpitar del presente, el aroma de nuestra gastronomía impregnando el aire, el murmullo del pueblo que nos envolvía como una canción antigua y reconfortante.
Había algo fascinante en la sencillez de Claudia y Mildret, quien por cierto es acompañada también por sus 2 hijos. No llevaban la actitud distante de turistas ajenos, sino la humildad de quienes buscan entender, de quienes saben que cada rincón del mundo tiene algo que contar.

Me llamó la atención el atuendo de Claudia, una prenda adquirida en Marruecos que contrastaba con la sobriedad del entorno, como un recordatorio de lo vasto que es el planeta y lo pequeñas que son las distancias cuando se viaja con el corazón abierto.
Mildret, con su hablar pausado pero atento, absorbía cada palabra con la delicadeza de quien aprecia los detalles, de quien encuentra en lo simple lo verdaderamente extraordinario.
Mientras el atardecer teñía de ámbar las calles, comprendí que Ahuacatlán no solo es mágico por sus monumentos o por la huella de Manuel Lozada en sus historias. Su verdadera magia radica en los encuentros inesperados, en la manera en que un viajero y un anfitrión pueden intercambiar asombro, en la hospitalidad que traspasa fronteras.
¿Las convencí de que Ahuacatlán merece su título de Pueblo Mágico? No lo sé. Pero quizás la respuesta esté en el brillo de sus miradas cuando partieron, en el sutil suspiro de satisfacción que dejaron al despedirse. Y en mi corazón, que, aunque acostumbrado a estos parajes, se sintió por un instante como un viajero más, redescubriendo su propio hogar.
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