Una caminata, un saludo sincero… y la fuerza de la oración.
AHUACATLÁN.
Lo vi de lejos y sonreí. Caminaba tranquilo, con paso firme, por el Portal Redondo de Ixtlán. Se trataba del Padre Jesús Aguirre. No pude evitar alegrarme. Se notaba totalmente repuesto, como si el sol de la mañana le hubiera devuelto el brillo a la mirada.
Charlaba animadamente con una señora de rostro amable. No quise interrumpir. Seguí mi camino, pero el corazón se me quedó ahí, celebrando ese momento que aún no era mío. Más adelante, como si el destino tuviera prisa, nos encontramos de frente.
Lo saludé con emoción. Él también me reconoció. Nos dimos un apretón de manos, de esos que hablan por uno. Conversamos brevemente. Me contó que ya había retomado sus funciones en el templo de Tetitlán.

Con serenidad habló de la enfermedad que lo apartó un tiempo, de la etapa difícil que dejó atrás. Pero habló, sobre todo, del poder de la oración. “Fueron sus plegarias las que me levantaron”, confesó. “Dios escuchó”.
Nos despedimos, cada quien siguió su camino. Pero me fui con la certeza de algo: en cada mirada que lo vea volver, hay un gesto de fraternidad que trasciende.
Y sí, le confesé con el alma en la voz, que me dio mucho gusto verlo de nuevo… de pie, como siempre.
























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