Una historia de fidelidad pura en las calles de Ixtlán.
IXTLÁN DEL RÍO.
En las calles del centro de Ixtlán, entre el bullicio cotidiano y el paso distraído de la gente, se puede ver a Delia, una mujer ensimismada en su propio mundo.
Camina despacio, con la mirada perdida y una cobija al hombro. Su ropa, gastada por el tiempo; su cabello, desordenado por el viento. Pero lo que realmente llama la atención no es ella… sino quien la acompaña.
A su lado, siempre a su lado, va su perro de pelaje café. Fiel, muy fiel, extremadamente fiel. No se despega de ella ni un segundo. Si Delia se sienta bajo el portal, él se echa a su lado. Si decide recostarse cerca del kiosco, el perro se acomoda junto a ella, como si el suelo fuera el más cómodo de los refugios.
Cuando Delia se levanta, él se sacude y continúa la marcha, siguiendo sus pasos con paciencia, con amor, con esa devoción que solo los animales saben tener.
Su caminar es lento, pero el perro nunca se adelanta. Camina a su ritmo, siempre atento, siempre guardián.
“¿No ha visto mi mochila?”, pregunta ella. “¿Me da una moneda?”…Y mientras su voz se pierde entre murmullos y miradas, su perro la observa, la protege, como si supiera que su misión es cuidarla.
Delia no sabe de problemas. Parece que las preocupaciones no tienen espacio en su mente. Deambula sin rumbo fijo, pero su corazón ha elegido un lugar: las calles de Ixtlán, donde es conocida, donde es libre, donde su compañero inseparable nunca la deja sola.
De día o de noche, bajo el sol o el frío, siempre andan juntos. Comparten la comida, el silencio, la calle. Y aunque pocos se detienen a mirar, su historia está ahí: la de una mujer que vaga sin rumbo… y la de un perro que ha encontrado el suyo en ella.
Escenas cotidianas, sí, pero cargadas de ternura.
Pequeños milagros del Ixtlán de hoy, donde el amor —aunque a veces sin palabras— sigue teniendo forma de perro fiel.























Discussion about this post